Está amaneciendo y el aire fresco acaricia mi cara. La humedad está calando mis huesos, pero no me importa. No me quiero ir. Me giro y le observo dormir, plácidamente. Una tormenta de sensaciones suben por mi esófago queriendo salir por mi boca en tropel. Pero consigo contenerme y no vomitar. Siempre me pasa. Cuando alguien me gusta de verdad los nervios me juegan malas pasadas. Doy una última calada a mi cigarrillo mientras los primeros rayos de sol me dejan ciego. Pero es tan bonito el brillo del mar cuando amanece. Me gustaría que ella pudiera ver la maravilla de esta imagen, pero creo que me mataría si la despierto tan pronto. Así que apago el cigarro, lo guardo y me meto rápidamente en el saco de dormir. ¡Dios! ¡Qué frío! Balbuceo entre dientes. Ella se remueve y me mira. Está preciosa. El rímel le recorre todos sus ojos, en su mejilla se ha instalado un ronchón de pintalabios y su pelo queda enmarañado. Y aún así, es la más bonita que he visto en mi vida.

Ella me sonríe y el corazón se me para unos segundos. Se acerca aún más a mí y me besa en los labios. Un beso pequeño, dulce, cálido. De esos que te encogen el alma. No quiero tocarla, no quiero que le siente mal, aunque esa misma noche hayamos hecho el amor. Pero es ella misma la que coge mi mano y la deposita en su nalga derecha sin parar de besarme. Me enciende. Ella enciende la mecha que nadie jamás ha podido encender. Una oleada de sensaciones me posee y de un movimiento me pongo encima de ella.

Con una mano sigo apretando y pellizcando su culo mientras que con la otra busco un preservativo. Pero una y otra vez ella me sorprende mostrándomelo entre sus dedos y sonriendo maliciosamente. Rasga el paquetito mientras yo aprovecho para lamer sus pezones. Noto como ella se mueve debajo de mí, así que se los muerdo y un gemido sale de su garganta desesperadamente.

Es ella quien me coloca el preservativo, me vuelve loco. Con mis piernas abro sus muslos y muy despacio voy adentrándome en ella.

Su respiración va acelerándose y cuando por fin estoy llenándola completamente gime muy bajito en mi oído. Me quedo unos segundos así, entrelazados y encajados perfectamente como si de dos piezas de un puzle se tratara. Noto su aliento entrecortado en mi boca, y su mano agarrada a mi nuca. Salgo muy cuidadosamente de ella para luego embestirla rudamente. Ella gime toscamente pero yo me vuelvo a demorar en su interior. Me encanta sentirla tan húmeda, tan caliente, tan palpitante. Al cabo de los segundos repito el mismo proceso haciendo que vuelva a gemir. Me susurra un por favor, casi inaudible pero yo la ignoro, es mi juego. Vuelvo a inundarla bruscamente y vuelvo a detenerme en su interior, con mi mano aun en su nalga la empujo hacia mi adentrándome aún más si cabe en ella mientras muerdo ferozmente sus pezones. “Por favor” me vuelve a suplicar, pero yo vuelvo a insistir saliendo de ella suavemente y entrando fuertemente mientras succiono uno de sus pezones y pellizco el otro.

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Cuando su cuerpo comienza a retorcerse, bajo mi mano hacia su ano. Está chorreando, así que cuidadosamente le introduzco mi dedo corazón. Ella me mira con los ojos abiertos de par en par. Deduzco que nunca se lo habían hecho, pero yo no paro. Vuelvo a morder su pezón mientras me meto en su interior bruscamente y mi dedo sale y entra de ella desesperadamente. Noto como su cuerpo comienza a convulsionar y sus ojos se ponen en blanco mientras arquea su espalda. Se que está llegando al climáx, así que comienzo a penetrarla rápido y fuertemente mientras sigo jugando con su ano. Sus gemidos salen atropelladamente de su garganta y yo caigo rendido en su pecho después de tener uno de los mejores orgasmos de mi vida.

Nos quedamos abrazados un par de minutos sintiéndonos completos y recuperando la respiración. Levanto mi cabeza para besarla y veo unos zapatos justo encima de su cabeza. Es un policía que nos sonríe vergonzosamente.

Después de coger la correspondiente multa tapados como buenamente podíamos, no podemos evitar echarnos a reír. “Así que te llamas Pablo” me dice ella. “Y tu Ana” le contesto. Asentimos avergonzados y volvemos a reír como chiquillos. Después de vestirnos e intercambiar números cada uno se va por una dirección, pero yo aún no quiero separarme de ella. Así que cuando tan solo nos separan unos 50 metros de distancia, le mando un mensaje: ¿Te apetece tomar un café?