Me miro al espejo para terminar de maquillarme perfilando mis labios con mi pintalabios favorito. Suena el telefonillo, es María que viene a recogerme. Bajo las escaleras de mi humilde y pequeño apartamento contoneando alegre las caderas, sintiendo como vuela la falda del vestido de gasa verde que me he puesto para la ocasión. Hoy es el cumpleaños de Celia y vamos a celebrarlo a lo grande. Es la primera vez que salimos de fiesta estando las tres sin pareja formal. Así que se prevé una noche formidable.

Entro en el coche donde ya se encuentran María y Celia. Les doy un beso sonoro con la emoción a flor de piel. Cenamos en un restaurante que nos encanta a las tres, aunque es un poco elevado el precio hacemos un esfuerzo por la fecha que es. Al pagar, el camarero nos da unos flyers y nos dice que nos pasemos por ese local que su hermano está poniendo copas y que si le decimos que vamos de parte de él nos invita a algunos chupitos. Damos saltitos y palmaditas de alegría sentadas en nuestras sillas como colegialas.

Entramos en el local en cuestión, decididas y con paso firme a la barra. “Nos tomamos los chupitos y nos vamos de este garito, ¿Eh?” Sentencia María. “Que si pesada” Replicamos Celia y yo. Nos hacemos sitio en la barra, que para ser un garito un poco cutre está abarrotado de gente. Uno de los dos camareros que hay nos pregunta que queremos. “Hola, ¿está Roberto? Nos manda su hermano… ¿Juan se llamaba?” Termino preguntado a Celia que asiente. “¡Roberto! Tu hermano nos manda a otras niñitas!” Las tres torcemos el gesto, niñitas dice… El tal Roberto aparece en escena con una camiseta gris, un chaleco negro ceñido a su cuerpo y unos vaqueros desgastados que le cuelgan en las caderas. “Perdonar al imbécil de mi compañero, hoy tiene el día agrio” Se disculpa mirándome fijamente a los ojos. “¿Qué os pongo?” “¡¡¡Tequila!!!” Dicen al unísono María y Celia. Pero Roberto ni se mueve, sigue clavándome la mirada. Yo me sonrojo y consigo balbucear “Si, si, Tequila”. Aún ruborizada me quedo embobada al contemplar el trasero del tal Roberto cuando se gira a por la botella de la bebida espirituosa. Se intuye respingón y terso debajo de la tela del vaquero. “Aquí tenéis chicas, que lo disfrutéis”. Doy un respingo porque me había quedado embobada contemplando su trasero y él sonríe ampliamente mientras me clava otra vez la mirada.

Celia y María se echan a reír. Y en cuanto Roberto se va al otro extremo de la barra a atender a otros clientes, mis queridas amigas brindan diciendo “¡Por el polvo que va a echar Carmen esta noche!” Les miro con asombro con el chupito en la mano, “¿Pero qué decís? ¡Ni de coña! Ya sabéis que esas cosas no me gustan nada”. “Si, si, pero tu hoy vas a echar el polvo de tu vida”. Sentencia María. Y yo instintivamente miro de reojo a Roberto que me devuelve la mirada. Me giro con la sonrisa en la boca y sonrojada de la vergüenza para encontrarme a Celia haciendo el gesto como si estuviera chupando una polla. Yo rebufo poniendo los ojos en blanco.

Después de unos cuantos chupitos, como no, servidos e invitados por Roberto, decidimos salir del local y buscar un taxi, porque ya no estábamos en condiciones de conducir ninguna, para ir a una discoteca recién abierta y que estaba en pleno apogeo de moda. Cuando por fin para un Taxi vacio, noto como alguien me toca el codo llamando mi atención. Me giro y descubro a Roberto con una amplia sonrisa en la boca. “Llámame si te apetece, podemos tomar unas copas o un café” me dice mientras me entrega un posavasos de su local. Me giña un ojo y desaparece entre la multitud. Celia me estira del brazo metiéndome en el Taxi y exclamado “¡Que esto corre!” “Como se va a correr Roberto en tu cara” Continúa María partiéndose de risa. “Muy graciosas” les digo a modo de queja. “¡Joder! ¿Cinco euros ya? ¡Si acabamos de subir!” prosigo mirando estupefacta el taxímetro notando como la mala leche me sube por el interior. “Ladrones” rebufo mirando al taxista que esboza una sonrisa como contestación. 

Pagamos la carrera, medio sueldo casi, la madre que los parió y entramos en la discoteca. El otro medio sueldo, ¡gracias! Bajamos la escalera de la discoteca sin quitarme de la cabeza a Roberto y a como voy a pagar la factura de la luz este mes. “¡Yo invito a los cubatas!” Nos informa Celia. “Que una no cumple treinta años todos los días”.


Treinta y nueve canciones después acaban por destrozarme los pies, aunque los tres cubatas y los chupitos anteriores amortiguan un poco el efecto de los tacones. Estamos disfrutando de la discoteca muchísimo, bailando, riendo y festejando solo nosotras tres. Nos entran varios tíos al cabo de la noche, pero nosotras solo queremos disfrutar de nuestra propia compañía. María es la primera en decir lo cansada que está y yo aliviada porque no quería ser la primera en decirlo la acompaño a continuación. Celia algo molesta nos dice que somos unas sosas y para celebrarlo nos invita a otro chupito de Tequila. Cosa que me recuerda fervientemente a Roberto. Y por una extraña razón me siento muy caliente. Ya no sé si es el efecto del alcohol, el bullicio de la gente que abarrota la discoteca o el efecto que produce el tal Roberto en mi porque estoy muy, pero que muy acalorada. “Tíaaaaa, essssstas muy roooooja” Consigue balbucear María. “Y tú muy borracha, Celia nos tomamos el chupito y nos vamos que al final nos va a tocar llevar a María a cuestas”. Y Celia con un pucherito en los labios me da la razón.

Una hora y media más tarde y después de dejar a las dos golfas en sus respectivas casas bajo del Taxi dándole al taxista todo lo que me quedaba en la cartera. La miro de reojo y en efecto, me quedan dos euros y treinta y dos céntimos. Y preocupada por lo que voy a tener que comer esa semana hasta poder cobrar el Viernes subo las escaleras hacia mi pequeño y acogedor apartamento. Me dejo caer en la cama cual trapo tirado en el suelo quitándome con los mismos pies los infernales tacones. ¡AH! ¡DIOS QUE ALIVIO! Pienso para mis adentros aunque no sea muy beata y cerrando los ojos instintivamente. Pero no, no puedo dormir. Llevo ya media hora dando vueltas. Y no puedo dormir. Así que considero el quitarme el vestido que llevo y desmaquillarme, total, no puedo dormir. Y al levantarme para dirigirme al único baño que tengo en mi miniapartamento descubro que estoy húmeda. Y el descubrirlo, el notar esa parte tan íntima tan mojada, hace que empape mis braguitas aún más. Nota mental: Hace dieciséis meses que no follas Carmen, normal que estés así. Y acto seguido recuerdo el posavasos. 

Nunca he sido una mujer de tirarme a cualquier tío. Pero hay veces que las ganas te pueden. Cojo el posavasos y en la parte trasera compruebo el mensaje: Llámame guapa. Y el número de teléfono parece un cartel luminoso llamando mi total atención. Cojo mi móvil, abro el Whatsapp y empiezo a escribir.

Hola Roberto. Soy Carmen, estuve con mis dos amigas esta noche en tu local. Estás despierto?

 Dudo un poco porque son las 7 y media de la mañana. Pero… al final le doy a enviar. 

Y para mi sorpresa debajo de su nombre aparece la palabra Escribiendo… Y yo, tonta de mi, empiezo a saltar en la cama como una quinceañera. 

Hola Carmen. Tranquila, estoy despierto, estoy llegando ahora mismo a mi casa. Es curioso porque estaba pensando ahora mismo en ti… Esos ojazos son difíciles de olvidar. 

Para mis adentros pienso, “¡Sí! ¡Claro! Va y yo me lo creo”. Pero las mujeres somos así de GILIPOLLAS, y aunque nuestro subconsciente nos esté diciendo a grito pelao’ que NO TE CREAS NI UNA SOLA PALABRA, la parte más GILIPOLLAS y recalco GILIPOLLAS se lo cree absolutamente todo y grita como una chiquilla haciendo soniditos totalmente indescifrables a modo de ardilla que acaba de encontrar una montaña de avellanas. Pero hay veces que escuchamos a esa vocecita y yo esa noche (bueno, mañana) la escuché. 

Jajajaja (para quitar importancia a lo que iba a continuación) Eso se lo dirás a todas. Mira, no suelo hacer este tipo de cosas, créeme que es la primera vez, pero me apetece mucho quedar contigo. (Carita sonriente, Carita sonrojada)
“Click” Envíar. Ufffff nervios. 

Créeme que yo tampoco se lo digo a todas. Te apetece desayunar? Hay una churrería debajo de mi casa.

Hummmmm. Mi mente perversa piensa en que le gustaría otro tipo de desayuno, y a una porra en concreto no le haría nada de ascos. Lo escribo, pero lo borro automáticamente riéndome como una tonta.

Vale, dime dirección aunque voy corta de pasta. Esta noche me ha salido por la factura de la luz (Carita de giño, Carita de guiño)

Pues no será por los chupitos de tequila(Carita de guiño, Carita de guiño) jajajaja. Tranquila estoy en el coche, dame tu dirección y te recojo.

Lo pienso un par de veces, y al final accedo a darle mi dirección. 

El GPS me dice que en 10 min estoy en tu casa. 

Y en efecto, a los diez precisos minutos sonaba el telefonillo y yo no me había arreglado del todo. “Sube que no estoy lista, es el cuarto. Sorry”.

Oigo la puerta de entrada como se abre con su particular chirrido. “¿Hola?” Le oigo decir. “¡Salgo en un minuto!” le digo mientras cojo el secador del pelo y lo pongo en acción. No me lo seco del todo porque tardaría una eternidad así que lo dejo algo húmedo. Salgo del baño de camino al salón con mis vaqueros preferidos, una blusa negra un poco escotada y de media manga y mis converse rojas preferidas. Mis pies no aguantan más tacones. Me encuentro a Roberto cotilleando la estantería donde tengo mi particular biblioteca. Y me pongo a su lado en su misma posición. “Interesante” Me dice, y yo le miro de soslayo. “¿Nos vamos?” continúa diciendo mientras se gira y me coge por la cintura clavándome su mirada y sonriéndome. 

Siento como una oleada de sensaciones invaden mi cuerpo cuando noto su mano en mi cintura, mi parte más intima vuelve a empaparse y mi cara se sonroja más de lo habitual. “¿Lo has notado?” Me dice Roberto con los ojos como platos y para mi sorpresa noto un leve rubor en sus mejillas. Su mano fuerte mueve mi cintura girándola y atrayéndola hacia él. Y yo simplemente me dejo llevar. Posa su otra mano a la otra parte de la cintura y me pega a su cuerpo donde puedo comprobar una tensa erección. Mis braguitas creo que ya no soportan más humedad y me da la sensación que están a punto de desbordarse. Yo no sé a dónde mirar, estoy muerta de la vergüenza. Roberto acaricia suavemente mi mentón haciéndolo subir en su dirección y posa sus labios en los míos, dulcemente, sabrosamente, como caramelo caliente. Y nos comenzamos a besar inocentemente, notando como las sensaciones fluyen, como la electricidad abre todos los poros de mi piel y eriza mi bello. Pronto esos besos dulces e inocentes pasan a ser cada vez más fogosos, más salvajes, como si nos necesitásemos mutuamente.

La mano que aún permanecía en mi cintura, baja sensiblemente hacia mi trasero el cual estruja levemente. Y mis manos que estaban inertes al lado de mi cuerpo reaccionan al estímulo y van directas a su chaleco desabrochándolo. Me aúpa de repente sorprendiéndome, pero mi cuerpo reacciona y mis piernas se enroscan a su cintura. Conmigo encima nos dirige hacia la habitación y me deja caer suavemente en el colchón. Desabrocha mis vaqueros, me quita las converse y desliza por mis piernas el pantalón, hace lo propio con los suyos mientras yo me quito la blusa. En calzoncillos se tira encima de mí besándome el cuerpo, mi vientre, mis pechos aún con el sujetador puesto y subiendo por el cuello hacia mi mentón, muerde con dulzura mi barbilla. 


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Me incorporo un poco para abrir el cajón de mi mesita y sacar un preservativo. Se lo enseño mientras le pongo una sonrisa pícara. Él se quita los calzoncillos y a continuación me quita el sostén y mis braguitas. Se coloca el preservativo en su erección, que por cierto no está nada mal. Me vuelve a besar envolviendo mi lengua con la suya mientras aproxima su sexo al mío. Me penetra suavemente, arrancando un leve gemido de mi garganta. Y comienza una serie de movimientos acompasados con sus caderas empujando las mías. Sin variar ritmo alguno, solo empujando una y otra vez. 

Después de varios minutos entrando y saliendo de mi cuerpo mientras yo miraba estupefacta al techo sin saber qué hacer ante aquella situación, consigo dar la vuelta a la tortilla y ponerme encima de él. Muevo mis caderas haciendo círculos, arriba y abajo, hacia delante, hacia atrás sintiendo la fricción de su pene contra mi punto G, por fin empiezo a disfrutar. Pero cuando la culminación se aproximaba él se incorpora haciendo que casi me caiga, por suerte me coge al vuelo poniendo otra vez mi espalda en el colchón y penetrándome con fuerza. Si, por fin algo de marcha. Se deja caer encima de mi y vuelve a penetrarme con un ritmo algo más rápido que antes, aunque mis caderas piden a gritos que me folle duramente. Intento retorcerme para hacerle entender que quiero que acelere el ritmo, pero nada, sigue igual. “¿Podrías ir un poco más rápido?” Le digo entre gemido y gemido suyo. Me mira y sonríe, y sus caderas comienzan a moverse más rápido. ¡Por fin! Tras varias penetraciones más veo como su cuerpo se tensa y como respira profundamente apretando el mentón y soplando. Y de repente empieza a temblar y a poner los ojos en blanco para a continuación desplomarse encima de mí. 

Tras indicarle donde estaba el baño y asearse un poco Roberto coge su ropa y se viste, me da un beso en la mejilla y me dice que me llamará y se dirige hacia la puerta. Desde mi cama puedo oír la puerta cerrarse y yo aún desnuda decido coger mi vibrador para terminar lo que él no ha podido.