Todo indicaba que iba a ser una noche corriente en el Charleston club. Los Anderson tomaban su habitual Martini en la barra interior, con su albornoz blanco de atuendo y visiblemente desnudos. Eran una pareja de unos 50 años de edad y reían animados con otra pareja de unos 30 años también ataviados con la misma indumentaria. Al fondo se intuían varias parejas acomodadas en unos sillones circulares conversando, riendo, seduciéndose los unos a los otros. Un hombre con aspecto robusto, pelo algo canoso y manos grandes y fuertes manoseaba por debajo del albornoz blanco a una chica joven que reía sin cesar acalorada por lo que el hombre le estaba haciendo.

El local era sencillo pero con una presencia señorial. Se podía saborear la esencia a almizcle mezclada con el olor característico del sexo. Una sala general que era partida totalmente por una barra central donde se encontraba Markos, sirviendo copas a un lado y al otro. Una de las partes de la sala, la “exterior”, contenía dos puertas; una la de salida a la calle y otra que daba paso al interior del local, donde habían distintas habitaciones, unas más pequeñas, otras más grandes y la más grande de todas con una cama redonda de un tamaño considerable; a la sala “interior”, la otra parte de la barra, solo se podía entrar desde el mismo interior del local, eran ya los clientes que habían disfrutado de los placeres del interior los que ahora se relajaban tomándose algunas copas.

Markos estaba a gusto en su trabajo, nunca había podido imaginarse que clase de local era cuando entró por primera vez a pedir trabajo. Parecía un club normal, la decoración un tanto anticuada, pero como se volvía a llevar lo “vintage” no le dio demasiada importancia. Cuando Sharon le explicó en qué consistía su trabajo y qué tipo de local era no se lo pensó dos veces y aceptó. Solo había una regla: No mantener ninguna relación de cualquier tipo con los clientes. Y hasta ahora no había tenido ningún problema con esa regla. El servía las copas, disfrutaba de lo que veía y luego en la intimidad de su hogar se dejaba llevar por la imaginación.

Había varios clientes nuevos, entre ellos una mujer muy arreglada a la que Sharon le explicaba las reglas y que es lo que podía o no hacer. Sentados en la barra de la parte exterior, una pareja joven discutía si seguir en el local o marcharse, la chica al parecer no estaba demasiado de acuerdo y él intentaba convencerla sin excesivo éxito. En uno de los sofás una pareja también nueva de mediana edad no paraba de observar a un joven moreno con la cabeza medio rapada a modo de punky que estaba situado en otro de los sofás. Él, para sorpresa de Markos, se levantó al mismo tiempo que les hacía un gesto a la pareja vouyeur, los cuales le siguieron como perrito faldero. Así los tres se perdían en el interior del local.

Todo indicaba que iba a ser una noche corriente en el Charleston club. Pero entonces, llego “Ella”. Rubia, delgada, pequeña, con ojos de avellana y mirada inocente, piel blanca como porcelana, una muñequita. Una persona que no encajaba en aquel lugar. Markos al verla, quedó petrificado. La muñequita entró esa noche a la 1:35 y con aire tímido se sentó en la barra y pidió un Martini. Markos no pudo moverse, solo podía contemplarla y soñar con su figura de porcelana. Tuvo que ser su compañero el que le puso la copa y el que le dio un manotazo en la cabeza a Markos al tiempo que le decía: >> ¡¡Despierta!! <<.

Fue como una tormenta eléctrica, como una explosión de colores en un castillo de fuegos artificiales, como una bomba nuclear. Markos en ese momento supo que necesitaba que fuera suya. Solo le quedaban 25 minutos para terminar su jornada, 25 minutos de angustiosa excitación. Markos empezó a notar como su verga comenzaba a alargarse, expandirse y ponerse como una roca. Nunca una mujer con solo una mirada le había producido tal empalmada. Los minutos transcurrieron lentos e impacientes.

Cuando sonó la campana Markos no lo dudó ni un segundo, salió a toda prisa hacia su coche donde guardaba el disfraz de la última fiesta a la que asistió. Se cambió de camisa, y se colocó una máscara negra que le cubría casi toda la cara excepto la boca. Era la primera vez que iba a entrar en el club como cliente y sentía una mezcla de nerviosismo y excitación, pero solo podía pensar en meter su miembro aún empalmado como un póster en medio del paisaje. Alguna vez había visto a algún cliente entrar con máscaras, así que no le fue muy difícil entrar pasando desapercibido. Pero “Ella” no estaba en la sala exterior. No podía haberse ido, Markos la habría visto, así que decidió entrar al interior del local y buscarla. Sharon le citó las reglas y prosiguió con su búsqueda. El interior era como un laberinto de habitaciones, todas ellas con un recibidor en la entrada donde se situaban unas ventanas con cortinillas donde poder contemplar lo que ocurre dentro si los que disfrutan las tienen abiertas. Markos fue investigando una a una todas las habitaciones.

Encontró en una de las habitaciones a la parejita joven los cuales discutían hacia unos minutos si entrar. Markos entendió que lo que le excitaba al chico joven era que lo mirasen ya que no apartaba la mirada de la ventana donde Markos se encontraba. El chico joven empujaba enérgicamente por detrás a la chica que se encontraba a cuatro patas, mientras ella retorcía y apretaba las sábanas con las manos. Markos se sorprendió tocándose su miembro mientras los miraba. Cabeceó intentándose centrar en lo que había venido a buscar y salió de la habitación un poco abochornado.

En otra de las habitaciones estaban “los vouyeurs” con el jovencito punkarra. Ella montaba al joven arriba y abajo sin cesar mientras le hacia una mamada a  su pareja. Eso excito aún más a Markos que estuvo tentado de meter la mano a ver si ellos le aceptaban para disfrutar más en directo de la escena. Pero se contuvo y se dirigió hacia otra habitación.

Muchas de ellas estaban con la cortina cerrada o vacías, y el resto las había visitado todas. Solo le quedaba una. Aunque no sabía si la muñequita podría estar en una de las habitaciones anteriores y a las que no pudo tener acceso. Así que se dirigió hacia la que le faltaba. En uno de los pasillos se topó con la pareja que antes estaba fuera, el hombre mayor que manoseaba a la mujer joven, ella le dijo algo al oído a Markos que quedó asombrado. Aceptó lo que la mujer le dijo ya que su nivel de excitación rozaba ya el sufrimiento.

Entraron en la más grande de las habitaciones, la que contenía la cama redonda, allí se encontraban una docena de personas follando, masturbándose y chupándose los unos a los otros. La mujer joven empezó a tocar el pecho de Markos y a desabrocharle el albornoz, mientras él se dejaba hacer. El albornoz quedó totalmente abierto liberando a su enorme mástil a punto de explotar. Empezó a lamerle suavemente la punta como si fuera un helado, jugando con su lengua a atraparla. La mujer estaba disfrutando de lo lindo mientras su pareja le observaba al tiempo que se masturbaba. Markos nunca había sentido tanta excitación al poder contemplar al resto de las personas de la sala como disfrutaban a la vez que esa mujer le estaba haciendo una de las mejores mamadas que él podía recordar. Ella succionaba, lamía, y se la introducía una y otra vez en la boca. << Esto es el paraíso >> Pensó Markos.

De repente, la vió. Era inconfundible. En un rincón apartado se encontraba la muñequita, rubia, blanca, con unos senos pequeños y firmes acorde con su cuerpo, eran perfectos. Su piel aterciopelada exaltaba aún más su blanco de piel. Markos ya no pudo separar su mirada de ella. Un hombre con unos hombros robustos y barriga cervecera lamia su clítoris al tiempo que le introducía los dedos en su blanca y pequeña vagina. La muñequita arqueaba su espalda por el placer que le producía, le temblaban las piernas y gemía con notoriedad. La muñequita, que se sintió más observaba que de lo normal, notó la mirada profunda y constante de Markos. Levantó la cabeza y empezó a mirar por toda la sala hasta que sus miradas se cruzaron. Aquel hombre con una máscara en la cara captó su interés. Al cruzarse las miradas Markos se puso tenso definiendo así sus discretos músculos. Era alto y delgado pero se intuía una gran virilidad.

La muñequita observaba como la mujer le chupaba ese gran mástil que asomaba por su boca una y otra vez. La escena hizo que la muñequita sintiera un pinchazo en su interior, una corriente eléctrica que le produjo un enorme orgasmo. Markos, no pudo contener la sonrisa. Cogió la cara de la mujer, le acarició el mentón y le susurró al oído, >> “Disfruta de tu pareja, yo tengo que ir a por otra persona” <<. 




Se levantó y se dirigió hacia la muñequita que aún le daban espasmos del orgasmo vivido. Cuando estaba a su lado Markos le tendió la mano a modo de permiso. Ella, excitada de ver esa verga que le señalaba punzante, le correspondió apoyando su mano en la de Markos. El hombre que estaba con la muñequita se retiró educadamente para dar paso a Markos que se cambió el preservativo. La levantó y la cogió en volandas poniéndola contra la pared. Ella subió sus piernas y las enroscó en la cintura de Markos, podía notar cómo se clavaba el miembro en su pubis y eso le hizo excitarse aún más. Markos situó la cabeza de su pene en la jugosa obertura, relajó sus brazos que soportaban a la muñequita y ésta se descolgó introduciéndose todo el miembro en su interior. Un gemido intenso salió de lo más profundo de la garganta de la muñequita, Markos la besó al instante, uniendo sus lenguas como serpientes enroscadas. Comenzaron a moverse arriba y abajo, metiendo y sacando el falo cada vez más y más rápido. Markos volvió a coger a la muñequita casi sin esfuerzo y sin separarse de ella la recostó de espaldas en el colchón del suelo. Los movimientos continuaron sin cesar, más y más profundos, la muñequita no podía reprimir sus gemidos, al igual que Markos, que hacía un gran esfuerzo por no correrse antes de tiempo. Sintió las uñas de la muñequita clavas en su espalda, sabía que el orgasmo no tardaría. De repente las uñas se clavaron aún más, y como si de una coreografía preparada se tratara, Markos y la muñequita comenzaron a retorcerse con una electrizante explosión de fluidos.

Ambos, exhaustos, se miraron fijamente. Markos la besó y le susurró >>“Gracias”<< se retiró dejando a la muñequita jadeando y se dirigió al vestuario.

Ya en el coche, de vuelta a casa, Markos no pudo quitarse la sonrisa de la boca. Esa noche, que indicaba que iba a ser una noche corriente, se convirtió en la mejor noche que Markos podía recordar. Nunca la volvió a ver, pero no pasaría ni un día que no la recordara, a ella, a la muñequita de ojos color avellana, piel blanca como la cal y mirada inocente.